Como a las 4 de la tarde, cuando yo estaba ya en el autobús rumbo a casa de mis padres, me llamaron de emergencias para saber si la policía había acudido a atender mi denuncia. Desdichadamente, tuve que irme antes de ver si se había solucionado el incidente. El auto seguía ahí cuando volví a pasar, pero ya no se escuchaban los gritos de la mujer que tiempo antes pedía ayuda.
Me quedé con tremenda inquietud. Si la mujer no había sido auxiliada, quién sabe qué sería de ella después. Yo no podía asomarme para decirle al tipo que dejara de maltratarla, habríamos sido dos mujeres golpeadas.
Llamé al día siguiente a la policía para pedir informes sobre mi denuncia y no supieron qué decirme. A los dos días, muy extrañamente, volví a recibir llamada del cero seis seis para preguntarme si el auto seguía ahí y si se veía algún rastro de que alguien hubiera estado ahí hacía poco. Tuve que pedir a mi conserje que se asomara a ver si podía darme alguna pista. Al parecer, el auto era el recinto oficial donde se reprendía a las prostitutas que hacían menos de la cuota mínima semanal. Según leí poco después en el periódico, se trataba de mujeres de narcotraficantes que habían sido secuestradas a manera de rehenes productivos.
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