Vivo en una casa llena de extranjeros. Los hay con paso fuerte, con risas explosivas, con tele a volumen alto y otros calladitos que pasan piola. Hay uno que es hindú, tiene esa exquisita habilidad para controlar su cuerpo y una sonrisa arrolladora.
Llegó esta mañana porque escuchó que mi tele estaba prendida y yo intentaba mover el sillón para barrer los pétalos que habían caído del ramito de flores que yo me había regalado hacía una semana. Tocó la puerta y cuando pregunté quién era, se identificó como "el vecino que tiene que invitarte a desayunar". ¿Tiene que?, respondí, naturalmente. Sí, es que la leche está a punto de caducar y no quiero que se desperdicie. ¿Leche? De soya. Además, compré fruta y mañana me voy, alguien tiene que comérsela. Si he de regalártela, mejor que la comas conmigo, ¿no?
Abrí la puerta, incrédula. Cuando vi esos dientes extremadamente blancos llenando su enorme sonrisa, entendí que se trataba de un pretexto. Asentí y le pedí que pasara en lo que terminaba de recoger los pétalos caídos. Los metí en una bolsa. Él se preguntó si no tenía yo novio o marido, por aquello de las flores. No, no tengo, yo me las regalo porque me llevo bastante bien conmigo y de pronto me dan ganas de agradarme. Se rió.
Salimos, cargó mi bolsa de pétalos y fue a llevarla a la basura, como si supiera que no me gusta tener la basura esperando en la casa. Entramos a su departamento y, efectivamente, estaba el cartón de leche junto a la fruta. Me sirvió un vaso. Extendió después el brazo, alcanzándome una manzana que lucía deliciosa y finalmente me regaló un pan dulce de paquetito.
Acabando de desayunar, me dijo que estaba por irse de México y no le parecía no haber hecho ninguna amistad. En ese momento me conmoví muy sinceramente y le dije que me habría gustado acompañarlo más mañanas. Intercambiamos datos de contacto y nos despedimos. Me regaló la fruta, la leche y un par de latas.
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