sábado, 7 de mayo de 2011

Mendigando

La había visto prácticamente tres veces por semana en mi camino a mi anterior trabajo, arrugadita, pequeñita y encaramada sobre el pavimento, en un sitio donde el sol seguramente la alcanzaba al mediodía, pero nunca la vi después de las ocho de la mañana.

Siempre me ha intrigado la rutina de los mendigos. No me imagino cómo deciden levantarse para salir a pedir dinero, o qué distancias recorren para llegar a los barrios donde ya tienen estudiado que les va mejor a cierta hora del día. ¿Alguna vez se les quedan dormidas las piernas de estar tumbados en el piso?

Viernes, 8 de la mañana, después de una noche de jueves en la que me pasé la cena completa siendo ignorada por el amigo que me pidió acompañarlo. Andaba creativa y bastante inconforme. Decidí llamar a mi jefe y pedirle que me diera permiso de hacer un experimento que era muy importante para mí. Le prometí compensar el tiempo que me retrasara con el doble de horas, durante la siguiente semana. "Bueno, supongo que de verdad es algo importante, está bien."

Me senté junto a la viejecita y traté de encaramarme como ella, pero mi espalda no aguantó mucho así que terminé apoyándome sobre la pared. Ella no se percató de mi presencia, no sé si estaba dormida y su brazo ya estaba evolucionado para sobrepasar el cansancio. Aguanté dos horas solamente porque me invadieron las ganas de ir al baño. Además me exasperó que tanta gente pasara sin decir buenos días o por lo menos encontrarnos decorativas. Terminé agradeciéndole a la vida no haber tenido que ser mendiga, lo habría hecho muy mal.