La había visto prácticamente tres veces por semana en mi camino a mi anterior trabajo, arrugadita, pequeñita y encaramada sobre el pavimento, en un sitio donde el sol seguramente la alcanzaba al mediodía, pero nunca la vi después de las ocho de la mañana.
Siempre me ha intrigado la rutina de los mendigos. No me imagino cómo deciden levantarse para salir a pedir dinero, o qué distancias recorren para llegar a los barrios donde ya tienen estudiado que les va mejor a cierta hora del día. ¿Alguna vez se les quedan dormidas las piernas de estar tumbados en el piso?
Viernes, 8 de la mañana, después de una noche de jueves en la que me pasé la cena completa siendo ignorada por el amigo que me pidió acompañarlo. Andaba creativa y bastante inconforme. Decidí llamar a mi jefe y pedirle que me diera permiso de hacer un experimento que era muy importante para mí. Le prometí compensar el tiempo que me retrasara con el doble de horas, durante la siguiente semana. "Bueno, supongo que de verdad es algo importante, está bien."
Me senté junto a la viejecita y traté de encaramarme como ella, pero mi espalda no aguantó mucho así que terminé apoyándome sobre la pared. Ella no se percató de mi presencia, no sé si estaba dormida y su brazo ya estaba evolucionado para sobrepasar el cansancio. Aguanté dos horas solamente porque me invadieron las ganas de ir al baño. Además me exasperó que tanta gente pasara sin decir buenos días o por lo menos encontrarnos decorativas. Terminé agradeciéndole a la vida no haber tenido que ser mendiga, lo habría hecho muy mal.
sábado, 7 de mayo de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
¡Me han despedido!
Llegué a la oficina después del temblor. Mi oficina ya era una con la naturaleza, se había caído una de las paredes y el viento primaveral se colaba por todos lados, haciéndonos estornudar por el polvo y el pólen mezclados irreverentemente. Mi jefe se acercó a mí para decirme que ahora tendríamos menos lugares y entonces sería necesario fundir los puestos. El mío sería compartido con la recepcionista, el del chofer con la mercadóloga, el de la asistente de dirección con el del contador y el del abogado con el del jardinero. Tomé pues mis cosas y pasé a la recepción por la mitad de las cosas de la recepcionista, para salir de la oficina, airosa y con ganas de tener ya motivos para utilizar mi nueva engrapadora.
viernes, 21 de enero de 2011
Un vecino en mi buzón
Esta colonia parece tan tranquila, uno se encuentra a la misma gente una y otra vez. Los albañiles se aburren de gritar cosas después de varios días de ver a la misma chica cruzar frente a la construcción. Los conserjes ya esperan el saludo y los meseros sonríen desde atrás del mostrador.
De vez en vez, surge alguna facha diferente y entonces una tiene oportunidad de cruzar miradas con alguna nueva faz. Ayer me sucedió. Se trataba de un vecino que jamás había visto. Es que llegué más temprano que de costumbre. Era un chico alto, trigueño, muy atractivo. Algo en él me inspiró sonreírle, pero no me devolvió la atención. Se quedó serio y luego esquivó mi mirada. Me seguí de largo, por supuesto. Abrí mi puerta y me perdí de su vista.
Esta mañana llegó el conserje a preguntarme si podría ser mía cierta carta que había aparecido en el buzón. Era una nota que decía "hay sonrisas tan bellas que no sabes qué hacer cuando las recibes, la tuya fue una, ojalá pueda compensarte por lo de ayer". Se me hizo tan extraño como fascinante. No me dejó datos, cosa que, en cierto modo, me encantó. Me hace pensar que él volverá a buscarme alguna vez.
De vez en vez, surge alguna facha diferente y entonces una tiene oportunidad de cruzar miradas con alguna nueva faz. Ayer me sucedió. Se trataba de un vecino que jamás había visto. Es que llegué más temprano que de costumbre. Era un chico alto, trigueño, muy atractivo. Algo en él me inspiró sonreírle, pero no me devolvió la atención. Se quedó serio y luego esquivó mi mirada. Me seguí de largo, por supuesto. Abrí mi puerta y me perdí de su vista.
Esta mañana llegó el conserje a preguntarme si podría ser mía cierta carta que había aparecido en el buzón. Era una nota que decía "hay sonrisas tan bellas que no sabes qué hacer cuando las recibes, la tuya fue una, ojalá pueda compensarte por lo de ayer". Se me hizo tan extraño como fascinante. No me dejó datos, cosa que, en cierto modo, me encantó. Me hace pensar que él volverá a buscarme alguna vez.
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