Esta vez estuvo a reventar la función del domingo en la noche. ¿Quién entiende a las masas?
Llegué al teatro, sola, como suelo llegar a los lugares. Fui directo a la taquilla para pedir mi entrada de cortesía y me encontré con que ya no había espacio en el teatro, la sala estaba completamente llena. Incluso había más de diez personas que no habían alcanzado lugar. Ocho se habían ido, dos seguían ahí. Me indicó el poli de la entrada quiénes eran los que no habían podido entrar y fui a saludarlos e invitarlos a adquirir boletos para otra función.
Annie, inglesa. Robbie, polaco. La pareja estaba viajando y la casualidad nos llevó a los tres a Insurgentes al mismo tiempo. El viernes anterior, les había entregado volantes y habían decidido ver algo de teatro mexicano. Annie era escultora y solía inspirarse en el teatro para sus creaciones. Aseguraba que no había mejores modelos que los dinámicos, los que no sólo hablaban de formas sino que además sugerían el rumbo de la evolución. No le gustaban las piezas estáticas e inertes y por eso su obra consistía en fugas por doquier, como si la propia obra se escapara de sí misma para existir en los sentidos de sus observadores.
Poco supe de Robbie, pero con la historia de Annie me era suficiente para darles pases de cortesía, más bien, pases gratis- la cortesía es una ambigüedad sobre la que no me interesa ahondar. Le comenté a la persona de la taquilla que esa pareja debía entrar. Ya no había butacas, no era posible meterlos. Iba en contra de las políticas del teatro. No podían ir otro día, ya no les quedaba tiempo en México.
Ni siquiera yo entiendo cómo pude hacer lo que hice, pero francamente no me arrepiento. Entré a la sala, busqué a una pareja que se viera de posición económica más o menos buena y les dije que nos parecía que se habían robado su auto. No indagaron en lo más mínimo ni me metieron en aprietos. Salieron apresuradamente y tuvieron que ir hasta donde estaba el lote baldío donde se habían estacionado todos los asistentes.
Annie, Robbie, adentro. El pretexto: Una pareja tuvo que irse porque los llamaron de emergencia por un tema familiar; no van a volver. Le pedí al guardia de la entrada que cerrara las puertas con el pretexto de que se alcanzaba a oír hasta adentro el ruido de los autos. Tampoco me puso peros el señor e inmediatamente cerró. Ya no supe si la pareja volvió o no. No pude quedarme porque no hubo espacio para mí y, por supuesto, no sé si Annie y Robbie disfrutaron la obra. Mucho menos sabré si Annie hará su obra maestra a partir de esa pieza teatral.
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