Invité a cuatro personas diferentes al cine porque esta vez no quería ir sola. Ninguna dijo que sí. Otro domingo por la tarde que parecía más víspera de lunes que fin de semana. No estaba dispuesta a que así fuera, iría al cine y me invitaría a mí misma para decirme que sí.
Fui a la muestra internacional en Casa de Arte. La película en turno era El amor de mi vida. Cuando ya nada más quedaba una persona en la fila antes de que fuera mi turno de comprar el boleto, la vendedora anunció que se habían agotado los lugares para mi función. No hay problema, compraré para otra función. Pero no había ninguna otra que ameritara sesenta pesos. Bueno, entonces iré a otro sitio, una librería estaría bien.
Supongo que me habré tardado mucho en decidir lo que haría porque justo antes de salir del edificio, me llamó la chica de la taquilla para hacerme saber que había otra muchacha queriendo comprar boleto para la misma función. Se trataba de una chica que había salido al cine para evitar llenarse la cabeza de grillos con su reciente rompimiento. No quería estar sola. Me extrañó tanto la advertencia de la vendedora que supuse que se trataba de algún caso importante, por lo que decidí invitar a la mujer a que cenáramos juntas para que ésa fuera una verdadera noche de domingo para ambas.
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